Tamara Campo: transiciones, del grabado al arte instalativo

Tamara Campo: transiciones, del grabado al arte instalativo

Artes Visuales

Por Roxana Consuegra / Fotos: Cortesía de la artista

La artista cubana Tamara Campo Hernández es una de los principales exponentes que trabaja el grabado y la escultura en el país, y también en el panorama internacional. En su haber cuenta con numerosas producciones que legitiman el innegable dominio de estas disciplinas artísticas sobre los más variados soportes, y certifican el alto valor expresivo y conceptual de sus obras.

Tamara Campo: transiciones, del grabado al arte instalativo Sin embargo, la mayor riqueza de esta artífice recae en explorar los límites, despegarse del convencionalismo y abrir una brecha con su arte. Así pues, sus inicios como artista en formación, están determinados por los patrones históricos-sociales de mediados de los años 90, y constituyen testimonio de la situación del país. Un momento marcado por los cambios, –de moneda, de valores– que eran disfuncionales y que motivaron el medio para la serie El cambio, la levedad y el peso (1994). Justamente desde ese momento comenzó a trabajar lo que denomina “desacralización del grabado” utilizando piezas de madera de notables dimensiones como La travesía (1995), en las que grabó imágenes que aludían a fechas, íconos, personajes y símbolos del imaginario popular, que prefijaron su particular modo de representación.

Ya el grabado trascendía el soporte y el formato convenidos; algo diferente se estaba viendo… era el tránsito a la tercera dimensión.

Dos años más tarde Del puro, arte (1996) devino tesis de título. En medio de un momento histórico crítico, cada artista buscaba su vía y sus materiales. Es así como las hojas de tabaco fueron el eslabón principal de esta secuencia que, además de poseer el habano como elemento extra-artístico, ponderó el perfil autorreferencial en la trayectoria de Campo. Heredera de una arraigada tradición, nieta de tabacaleros y además nacida en Pinar del Río –la tierra del mejor tabaco de Cuba– desarrolló obras de carácter performático en las que prevalecían las hojas de este cultivo. La nube (1996) fue su primera instalación aérea. En ella el juego con los sentidos ocurrió de manera espontánea: el aroma de las hojas de tabaco y el agua que de estas goteaba, otorgaban una mayor expresividad a la pieza, a la vez que continuaba el proceso de transformación paulatino en la producción artística de Campo.

Del objeto esculturado al environment: así se puede clasificar otro de los momentos de transición en la obra de la artista, y en la que se inscriben importantes conjuntos como El observatorio (2001) y La marea (2012). El punto común en ellas, además de esta manera de concebir el arte, radica en la complejidad interpretativa. En el primer caso versa sobre las relaciones de poder, tanto en el orden político, como en el histórico y cultural, e invita al espectador a formar parte de la instalación (que no desvirtúa al grabado) para completar el hecho artístico. En el segundo, manifiesta la desacralización total del género; el ingenio de la artista radica en imprimir la imagen de diversos billetes del mundo (pesos cubanos, dólares, euros, etc.) sobre 700 piezas escultóricas de pequeño formato, y luego penderlas con hilos fijados al techo de la galería. La disposición cual vaivén de las olas versa sobre esa marea, metáfora de la existencia: los cambios, el ir y venir… mareas altas y mareas bajas que aluden al sentido de flotación, de ingravidez e inestabilidad de la economía mundial.

Tamara Campo: transiciones, del grabado al arte instalativo La transformación continúa con otro tipo de propuestas, esta vez más vinculadas a lo interactivo y conceptual. Se trata de instalaciones de corte minimalista, en las que solo el público puede completar la pieza. El bosque (2014) y el más reciente proyecto titulado Blanco (2019), requieren llegar hasta el final para comprender el sentido. Vistas en conjunto, son piezas constituidas por bandas de papel kraft, negras en un caso, blancas lonas en el otro, que dialogan sobre la ambivalencia de la vida, la oscuridad y la luz, el encuentro o la desorientación. Dos pares aparentemente opuestos, pero indisolubles, tal como las transiciones de Tamara que se mueven del grabado al arte instalativo.