Omara Portuondo, Omara de Cuba

Marisol Pantoja, en: Cultura
Omara Portuondo, Omara de Cuba

Tiene una voz que fluye, a sus 86 años, como un manantial de agua cristalina -arrulladora a veces, fulgurante siempre-, al conjuro de unas cuerdas vocales intocadas por el tiempo, privilegiadas; celestiales, casi.

La llaman la diva del Buenavista Social Club y esa sola frase basta para identificar en cualquier parte del mundo a Omara Portuondo, la novia eterna del feeling, la gran dama de la canción cubana.

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La música corre por sus arterias desde niña, cuando escuchaba a sus padres entonar a dúo esas canciones criollas de estirpe legendaria, devenidas metáforas del alma de Cuba ( La Bayamesa, Quiéreme mucho, Siboney), mientras ambos compartían los trajines cotidianos en su modesta casa de la barriada habanera de Cayo Hueso.

Desde entonces las cobijó para siempre en su caudal sonoro, en el torrente inagotable de su memoria sensitiva. Con ellas aprendí a cantar, dice y sonríe con nostalgia cuando evoca aquella etapa decisiva, uno de los pilares de su trayectoria artística y humana. Son canciones que forman parte indisoluble de su repertorio. Siempre están ahí, como un hilo tendido, para enriquecerla y enriquecernos.

Omara le ha dado la vuelta al mundo, en olor de multitudes -como afirman los poetas-, escoltada por el aplauso de una crítica que la reverencia, seducida por la singular potencia de su voz, sedosa, tersa -de espaldas a tecnisismos o estériles florituras-, y esa capacidad suya de iluminar cada pieza que interpreta, revelarla en su sentido más hondo y hacerla suya sin traicionar su esencia, de una vez y para siempre.

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Así ocurrió, por ejemplo, con La era está pariendo un corazón, de Silvio Rodríguez, que eligió, apenas estrenada por su autor, para cerrar un concierto en la habanera Casa de las Américas. Faltando apenas unas horas para esa noche de gala y homenaje, le pidió al músico Martín Rojas -quien había trabajado con Silvio Rodríguez en la orquestación de esa pieza legendaria-, que le copiara la letra. Omara se la apropió para siempre, de inmediato, y en su voz le ha dado la vuelta al mundo.

Ella es capaz de hacer trascender cualquier música que conozca, afirma Silvio, así como trasciende estilos y épocas. En su voz tienen cabida todas las tristezas y amarguras del corazón, los amores desahuciados, pero también las alegrías de la vida vivida, los sobresaltos del primer amor, la esperanza y los sueños, la lucha por un futuro mejor, conquistable y al alcance de nuestras manos.

En fin, la infinita gama de lo humano en su inmensa vastedad imperecedera. En su caso, los boleros constituyen una especie de reino particular. Es capaz de “bolerear”, incluso, el danzón más auténtico, sin perturbar la raíz que lo sostiene. Lo hace aportando, cada vez, ese modo suyo de juntar los matices y cadencias del bolero con el blues, una síntesis singular cuajada en el feeling, con el que mantiene un romance que nunca se apaga.

Imposible olvidar, asimismo, esa hermandad suya con otro intérprete de calibre excepcional, Ibrahím Ferrer, su alma gemela. Ambos entregan lo más puro y valioso de sí mismos, en intercambio generoso y enriquecedor. Un dúo inolvidable, en que las lágrimas afloran, al unísono, desde una emoción única, compartida: Silencio se llama esa canción antológica.

Ambos la desgranan con una maestría cuyo pálpito fundamental es el sentimiento que entregan, cada vez, como si fuera la primera y la última: “Silencio, que están durmiendo los nardos y las azucenas/no quiero que sepan mis penas/porque, si me ven llorando, morirán”...

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Omara ha recorrido, con la magia de su voz, casi todos los senderos del mundo. Premios, títulos y honores llegados de todas partes la circundan a manera de un séquito agradecido. En ella el bolero y el son se hermanan. Los cobija con la misma pasión nutricia.

Su itinerario ha sido fijado con creces en la literatura, el cine, el teatro, en su selecta discografía, la radio, la televisión, la prensa escrita, las redes sociales. Solo que los cubanos admiran y aman, con pareja devoción, ese otro costado suyo: la Omara de carne y hueso, la del transcurrir cotidiano, siempre presta a estrechar la mano que se le ofrece, agradecer un saludo, brindar apoyo a un niño, sonreír cada día a la vida.

En fin, la “Omara nuestra, la de andar por casa”. Ella los reciproca con una frase que es como su alter ego, en la que su humanidad se vuelca en un abrazo acogedor, múltiple, que abarca ala isla toda: “Lo que me queda por hacer es seguir siendo cubana. Me gusta ser un símbolo de Cuba”. He ahí a la Omara que los cubanos reverencian, más allá del legado insuperable de sus canciones.



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