La tumba francesa en la cultura cubana

La tumba francesa en la cultura cubana

Danza

Sofía González

Resultado de la llegada a Cuba de colonos franceses tras la sublevación de esclavos en Haití a finales del siglo XVIII, la tumba francesa es hoy una expresión músico-danzaria bien arraigada en la cultura cubana.

La peculiar manifestación artística desarrollada por los esclavos haitianos que vinieron con sus amos fue declarada por la Unesco en 2003 Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad, como reconocimiento a la preservación de auténticas tradiciones populares durante generaciones.

Los cafetales del oriente del país fueron los escenarios donde se desplegó la creatividad de hombres y mujeres que se asentaron en una nueva tierra, sometidos en lo social, pero libres en la esencia de su memoria cultural.

En la tumba, voz que significa fiesta o jolgorio en lengua bantú, se aprecia la influencia de los bailes de salón que se ejecutaban en Francia, así como en el vestuario, pero en los instrumentos musicales, cantos y toques se mantiene el origen africano.

Entre los instrumentos, sobresalen tambores grandes de un solo parche llamados tumbas; la tambora o tamborita, más pequeño y de dos parches, un xilófono llamado catá; y los chachás, especie de maracas metálicas.

Las bailadoras llevan amplias y largas batas, pañuelos de colores de estilo africano anudados en la cabeza, collares, abanicos y otros accesorios, haciendo sonar los chachás en sus manos. Los hombres usan fundamentalmente pantalones y camisas blancas.

Tradicionalmente, la tumba francesa ha tenido cuatro modalidades diferentes de “toque”, como se le denomina a la fiesta y la música que se ejecuta: el masón, parodia de los bailes de salón franceses; el yubá, danza improvisada al ritmo frenético de los tambores; el fronté, donde el hombre es la figura principal; y la cinta, en torno a un tronco del que cuelgan tiras de colores.

A finales del siglo XIX y principios del XX surgieron sociedades que hoy mantienen viva la tumba francesa: La Caridad de Oriente, en Santiago de Cuba; la Pompadour o Santa Catalina de Riccis, en Guantánamo; y la Bejuco, en la zona montañosa de Sagua de Tánamo, provincia de Holguín.

El reto de esas instituciones y de toda la cultura nacional es que esa antigua y relevante manifestación siga perdurando en el tiempo y en las próximas generaciones.