Llevar un nube por sobrero ha de ser &moda" bien vista entre las montañas; no importa si sobrepasan los 8 000 metros o apenas llegan a los 2 000.

Aunque no son las mayores de Venezuela, las montañas de la cordillera de la costa, en la región septentrional, saben vestirse de nubes y con ellas seducir a quien las mire desde el mar Caribe o desde cualquier ventana orientada hacia el norte en algún edificio caraqueño.
En esta zona las serranías &decidieron" nombrarse Warairarepano y lograron que se les reconociera como Parque Nacional. A menudo ellas celebran esa deferencia de los vecinos humanos luciendo sus mejores nubes.
Nubes-sombrero, nubes-bufandas, nubes-faldas —lo mismo blancas que oscuras— engrosan el armario común de las elevaciones y a veces, al caer la tarde y con la claridad de fondo, parece que las prendas etéreas se deslizan hacia la ciudad, similar a cuando uno llega extenuado a casa y las ropas caen solas al suelo antes de meterse a la cama y dormir.

En otras oportunidades usan nubes sombrías, cargadas de lluvias y una que otra centella, como si protestaran por el maltrato de algún caminante en sus senderos o para decirle a Caracas que haga silencio, que sus autos contaminan demasiado y el humo de los escapes sobrepasa las capacidades del macizo, emblema y pulmón vegetal de la ciudad.
Pero cuando las montañas del Warairarepano tienen nubes blancas por sombreros entonces la imaginación le juega &agradables pasadas" al visitante que está en las cimas. A esa altura, con amigos o sin compañía, sentado en un banco de madera o rocas con un chocolate caliente y espeso, puede que hasta logre sentir entre los dedos un retazo de la niebla.