Los animales y los orichas

Los animales y los orichas

Herencia y Tradición

Gabriela Santiesteban

Muy diversas son las vertientes en las que se manifiestan las creencias populares mágico-religiosas en las diferentes épocas y latitudes del mundo entre ellas las de la afrocubana Regla de Ocha o santería, toda una cosmovisión con mucho arraigo en la naturaleza.

Plantas, minerales, colores, ornamentos y símbolos elaborados por la mano del hombre —o de la mujer—… acompañan a los orichas (deidades) del panteón yoruba, originario de la región de Nigeria, atributos entre los que no faltan los animales, acompañantes del ser humano a través de su historia. 

Los más comunes y útiles para la sobrevivencia humana desde tiempos inmemoriales son los más citados en las leyendas de la Regla de Ocha, que constituyen guías de los ritos de homenaje a las divinidades.

El chivo, por ejemplo, es una ofrenda a Elegguá, el dios que despeja o entorpece los caminos, y el carnero, llamado agbó, pertenece a Changó, señor de los rayos y el fuego, y a Yemayá, que manda en las aguas del mar.

Esa última oricha domina las especies que habitan los océanos y Ochún, diosa del amor y las aguas dulces, reina sobre las de los ríos; los peces son sus mensajeros por excelencia.

Las aves desempeñan un importante papel en el imaginario de origen yoruba. La paloma, eiyelé, pertenece a Obatalá, origen de todo lo que habita en la Tierra, y es símbolo de la paz y la pureza; adié es la gallina y se le dedica Otras variadas especies sobre todo a Ochún; akukó, el gallo, pertenece a Changó; pepeyé, el pato, es el ave mayor en el culto a Yemayá y el ganso también es de esta diosa de la maternidad…

En los dos extremos, por la significación popular que entrañan, el bellísimo pavo real —owoniyé o agüé—, fue primero de Yemayá, pero también le gusta a Ochún, mientras que el aura tiñosa o kolé, a pesar de su mala fama, es mensajera de la diosa del amor y muy apreciada en trabajos de santería.

Hay varias especies diferentes vinculadas a estos cultos, en los cuales se atribuye a los animales características en su manera de ser y actuar propias del ser humano. Y así se considera también, con alguna que otra variante, en otras vertientes de las creencias provenientes de África, como el Palo Monte, de origen bantú, y el vudú, de las costas occidentales de ese continente.