El prodigioso médico chino

El prodigioso médico chino

Herencia y Tradición

Ana María Silveira

Si alguien le dice que a usted o a alguno de sus problemas no los salva o arregla ni el médico chino, preocúpese porque eso significa que el caso es muy grave, reflejo del prestigio que alcanzaron en Cuba galenos llegados de ese lejano país asiático en el siglo XIX.

“A ese no lo salva ni el médico chino”, “eso no lo arregla ni el médico chino” son expresiones populares en la isla que han pasado de generación en generación, a partir de la entrada al país de braceros procedentes del llamado celeste imperio, contratados en condiciones leoninas, con los que arribaban también botánicos que adquirieron gran conocimiento de la flora cubana.

Diversas historias se han forjado en torno a estos practicantes de la medicina natural, que aplicaron tratamientos eficaces y se convirtieron en la imaginación popular en virtuales hacedores de milagros.

Historiadores coinciden en que las famosas frases tienen su origen en el herbolario Juan Cham Bom-Bián, aposentado en La Habana a mediados del siglo XIX y cuyo nombre real era Chang Pon Piang (Sol Amarillo en castellano).

Sabiduría y modestia caracterizaban al botánico, cuya consulta era visitada por personas de todas las clases sociales, hasta que fue acusado de ejercicio ilegal de la medicina y se trasladó finalmente a Matanzas y Cárdenas, ciudad esta última en la que se estableció hacia 1871 y falleció por causas que nunca fueron esclarecidas.

Allí, se cuenta, curó diversos tipos de padecimientos en casos incluso que habían sido desahuciados en La Habana, e hizo gala de su generosidad brindando sus servicios gratuitos a los pobres.

Algunos otros llamados médicos chinos que se hicieron famosos fueron Kan Shi Kom, en la capital; Domingo Morales, conocido por su nombre españolizado en Santiago de Cuba, y Liborio Wong (Wong Seng), en Manzanillo, quien además alcanzó los grados de capitán en las guerras de independencia cubanas.