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Tambores y charangas de Bejucal: apoteosis del jolgorio cubano

Por: Alina Veranes
23 Dec 2022
Tambores y charangas de Bejucal: apoteosis del jolgorio cubano

Después del receso obligado impuesto por los rigores de la pandemia, vuelven las siempre esperadas e infaltables Charangas de Bejucal., una de las fiestas consideradas patrimonio de la nación, junto a las Parrandas de Remedios y los Carnavales de Santiago de Cuba. Costumbre iniciada en la Nochebuena de 1830, en los llamados tiempos de la colonia.

Los festejos de Bejucal, un municipio perteneciente a la occidental provincia de Mayabeque, son celebrados tradicionalmente cada 24 de diciembre y Primero de enero, y ellos los tambores tienen un singular protagonismo, así como el rico folklore de la música campesina, con raíces hispánicas.

Sin embargo, junto a su resonante percusión, las Charangas no serían charangas sin los lucidos espectáculos presentados sobre multicolores carrozas que recorren el poblado, representando a los dos bandos a los que se afilian de manera voluntaria sus pobladores para competir y merecer los premios en esas fiestas tan tradicionales: el Azul o Ceiba de Plata, con el alacrán como símbolo, y el Rojo o Espina de Oro, con el gallo en su estandarte.

La tradición oral y escrita refrenda que todo comenzó en la Misa de Gallo de la referida fecha, pues ya los dueños de esclavos permitían a los miembros de sus dotaciones ciertas libertades temporales para celebrar, casi que juntos pero no revueltos, los festejos de la Navidad cristiana y el Día de Reyes.

Después de la ceremonia católica, los descendientes de africanos, libres y hasta esclavos, podían salir en procesión después de sus amos, entonando sus propios cantos y bailando su música pagana. Ese asueto excepcional era la manera con que los amos intentaban liberar tensiones ante la barbarie de la esclavitud, pues ya soplaban aires levantiscos muy cercanos. Y ellos los temían.

De esa costumbre anual surgieron los primeros bandos: La Musicanga, formado por criollos, mulatos y negros esclavos, y Los Malayos, en cuyas filas iban españoles y criollos simpatizantes con la corona. Pronto el origen religioso pasó a un segundo plano y predomino la sabrosa mezcla de componentes que tributarían al ajiaco de la cultura cubana, ya en ebullición.

Con la llegada del siglo XX La Musicanga se nombró La Ceiba de Plata y Los Malayos se denominaron La Espina de Oro. La suerte de procesión que antes eran los primeros desfiles se convirtieron en paseos de incipientes carrozas, al principio tirados por bueyes e iluminados por el carburo.

En cada edición de las fiestas, celebradas puntillosamente año tras año, se fue incrementando la competencia entre los bandos, cuyos componentes poblacionales habían cambiado como había ocurrido con el devenir de la sociedad cubana. Pero el espíritu de emular siempre fue en aumento, desatando una gran creatividad que hace de las carrozas y las competencias de toques de tambor de los bandos un verdadero despliegue de imaginación, belleza e inventiva popular, todo puesto en función de la diversión más sana.

Son fiestas que siempre han contado con la picaresca de los personajes populares recreados, entre los que se han mantenido el de La Macorina, la Mujiganga, la Bollera, la Kulona y el Yerbero. Hoy por hoy diversas artes como el teatro, la danza, artes plásticas, entre otras,  además de la música realzan la calidad de una fiesta que paradójicamente no han perdido su esencia y su sello distintivo. Que suenen los tambores.

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