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Sorpresas en el extremo más occidental de Cuba

Por Yamilé Luguera González Fotos: Raudel del Llano
Sorpresas en el extremo más occidental de Cuba

Ir de expedición o senderismo a Guanahacabibes es una excelente aventura de naturaleza, pues farallones, cuevas inundadas, tradiciones, proyectos de investigación, buceo recreativo, lindas playas y atardeceres de ensueño resaltan en este destino turístico.

Declarado Parque Nacional y Reserva de la Biosfera desde 1987, por sus valores naturales e importancia para la biodiversidad del Caribe, destaca por su alto grado de especies endémicas y su terreno cársico, en contraste con las arenas blancas de algunas de sus playas, un destino reproductivo de tres especies de tortugas marinas que cada año llegan a poner sus huevos.

Recientemente, fue la primera zona de Cuba incluida en el protocolo SPAW, el cual designa zonas del Gran Caribe que merecen protección especial. Esta península es de gran importancia para la región, por su aporte de larvas y derrame de peces, entre otras especies de valor comercial y natural, ya que también aporta un extenso rango de conservación.

La estancia en algunos poblados permite conocer cómo se desarrollan las comunidades costeras occidentales, donde prima la hospitalidad y el buen trato, típico de la gente de campo, que siempre te reciben con alegría y brindan todo lo que tienen.

En esas intrincadas zonas cársicas se pueden visitar senderos muy laberínticos donde, en cada recodo, hay una solapa o espelunca diferente, cueva Grande, El Indio, cueva del Hurón, del Motor, de Juan Estrada, del Mono, de Lucía, del Agua, del Canal, Dos Hermanos, cueva Seca, Mirlo, El Abono y La Escalera. Topónimos que se repiten por toda Cuba y otros que responden a nombres de campesinos que vivieron o viven en las zonas de ese extenso universo que es Guanahacabibes.

La vegetación de esos lares es baja y los árboles no desarrollan un tronco grueso, pero hay tres especies que se adaptan y crecen muy bien en el agreste terreno, son: el Jagüey, la Yagruma y el Almácigo.

Posadas en sus ramas se avistan gran variedad de aves, entre ellas las cartacubas, zunzunes, arrieros, zorzales, tomeguines, sinsontes, palomas, tocororos, carpinteros jabaos y verdes, gavilanes, totíes, judíos, garzas, especies migratorias que llegan durante el invierno, también el sijú cotunto que se refugia en cuevas y aves marinas que anidan en las playas.

Otra de las plantas que sorprende por su tamaño es la fruta bomba cimarrona (papaya) con dulces y carnosos frutos, algunas sobrepasan los ocho metros de altura, con ramas cargadas de maduras delicias y un tronco del grosor de un cocotero adulto.

Los residuarios arqueológicos, atesorados dentro de las solapas y cuevas, atestiguan la existencia de grupos de aborígenes, quienes las utilizaron como viviendas. Con un solo vistazo se hallan picos y gubias (raspadores) elaborados en conchas de moluscos que, por su dureza, se utilizaban como instrumentos de trabajo.

Uno de los inconvenientes de visitar esos lugares son los mosquitos y jejenes. Para evitarlos los campesinos queman, a modo de sahumerios, ramitas de Arabo y palo de Cuaba, ambos muy comunes en esos montes.

Una de las alternativas económicas de los pobladores es la producción de carbón vegetal de forma artesanal, para luego venderlo en otras comunidades. Es un proceso que lleva mucho trabajo y noches enteras de vigilia.

Utilizan palos de mije, guirige, yarúa, guao, almendro, coronel, entre otros. Lo primero que hacen es abrir un plan (hacer un círculo en la tierra), luego se tira la madera que se va a convertir en carbón, se le busca el centro al plan y se coloca un palo grueso de 2 metros de altura. A la redonda de este se le coloca la madre o mesa, para el apoyo, luego otra y se emparejan las dos, se va colocando la madera de abajo hacia arriba hasta terminar con la leña gruesa.

Se le hace un enrase con leña mediana y fina, que termina en matapunta, (corona del horno elaborada con cuñas de madera, para emparejar), quedando erguido el horno.

El siguiente paso es enyerbar (cubrir con hierba); para esto se utiliza el caguaso o paja de arroz, en otras zonas se tapa también con guano de palma para techar, como se hace en el Cabo de San Antonio. Luego se aterra, se cubre con la misma tierra que se extrae del círculo inicial, donde se ubicó el horno. Se le da candela por el matapunta, dejando un orificio entre la hierba, para colocar una braza.

Después de darle candela, se arrea (abrirle orificios para que humee o respire), porque según va humeando de una forma o de otra, se sabe cómo avanza la quema. Normalmente se prende en la madrugada y sobre las 5:00 PM se tapa la boca, rellenándolo desde arriba.

El horno va disminuyendo su tamaño a medida que la quema avanza, y se le abren respiraderos según lo necesite. Se demoran en dependencia de la leña utilizada y el tamaño, hay quienes le dan de 8 a 9 días para obtener un carbón de mayor calidad.

En el noveno día se comienza a refrescar el horno, se limpia todo el borde inferior, se le retira toda la tierra y la hierba quemada y después se aterra con tierra fresca para que se apague, por último, se comienza a sacar el carbón y cuando enfría totalmente se envasa y apila en sacos. Ser testigo de este proceso aporta una experiencia diferente.

Existe en el Cabo de San Antonio un Centro de visitantes cercano al faro Roncali (1850) donde los guías organizan visitas especializadas. María la Gorda es otro de los sitios donde se puede acceder al servicio de alojamiento, snorkel y buceo especializado en arrecifes muy bien conservados, cuevas inundadas y sitios arqueológicos sumergidos, donde descansan los restos de alrededor de 200 naufragios de embarcaciones que zozobraron en la época de la colonia.

Guanahacabibes es un sitio sin par, uno de los destinos turísticos cubanos que complace hasta los gustos más exigentes, sobre todo en turismo de naturaleza y especializado.

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